¡Nuevo cuento publicado! "Una vida de amor en una hora"
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Una vida de amor en una hora

Buscar el amor en la idea de una vida interrumpida puede llevarte a un lugar inesperado.

CUENTOS CORTOS

Drayde PriTor

8 min read

Mi nombre no es importante, lo importante es que trabajé en una funeraria. Sí, sé que el tema de mi trabajo es extraño y no es la forma en que se empezaría una historia de amor, pero no sabía cómo hacerlo, así que seguiré diciéndolo como me parece más cómodo.

Amor es un sentimiento que he buscado por años, supongo que desde que supe que los chicos me gustaban, no lo sé, solo sé que lo he buscado desde mis primeros recuerdos. Tal vez nací buscando el amor, pero esta historia no se trata de cómo lo buscaba, sino de cuando lo encontré, así que permítanme seguir.

Era mi decimoctava ocasión en el refri, como me gusta llamarlo por su baja temperatura, pero me refiero a ese lugar donde llegan los cadáveres, en donde yo los despojó de sus harapos y los visto; en ocasiones los maquillo, se embalsaman y demás para sus respectivos funerales. Se le conoce como morgue, pero supongo que apodarlo refri lo hacía menos terrorífico para mí las primeras veces.

Por favor no crean que, porque llamo a los cadáveres de esta forma, me piensen como una persona fría y sin sentimientos. Aunque, pensándolo bien, pudiera ser que en ese entonces si lo fuera, al menos un poco mentalmente, para no ponerme a llorar cada que un nuevo… digamos “huésped” llegaba al lugar.

Era el día trece de noviembre del año dos mil trece, yo llevaba una chamarra gruesa para protegerme del frío al momento de llegar. Sin embargo, al bajar al refri tuve que reemplazarla por un impermeable blanco y un mandil. Había llegado temprano, aunque estoy segura de que la muerte no tiene un horario específico para recoger almas. Cuando digo que llegué temprano quiero decir que no había trabajo por hacer. Así que me recargué en la pared fría de un feo color blanco, enmohecida de las esquinas, y me sostuve con una sola pierna mientras buscaba en mi MP3 una canción que no me congelara los huesos. Pasaba las canciones de una en una hasta que la puerta metálica a mi lado se abrió, asomando dos camillas. Pegué un fuerte grito y me sostuve el pecho, dejando mi reproductor de música pendiendo del cable de los auriculares a la altura de mis rodillas.

Dos de mis compañeros entraron empujando las camillas, cubiertas por una delicada sábana.

–Lo siento, ¿Te asustaste? –Preguntó ella, con sus regordetas mejillas bien pálidas debido a mi grito. A su lado el gran hombre solo esperó la respuesta, mientras yo comenzaba a tirar del cable y les sonreía.

–De hecho, sí. –respondí, y luego me cercioré de que por los audífonos no podía escuchar ninguna nota musical.

Él se encogió de hombros ante mi respuesta y colocó sus robustos brazos morenos en las caderas.

–Nos han llegado dos fríos. –Sus ojos castaños se fijaron en mí. –Haz tu trabajo, nena, y… –puso su dedo delante de sus labios. –Shhh, recuerda que el ruido puede despertar a los muertos.

Traté de reír ante su comentario.

–Una vez muerto no puedes volver. –dije, de hecho, recordando una vieja lectura de un maravilloso libro “El traje del muerto” de Joe Hill

Él soltó una carcajada que apagó rápidamente y luego, dándole un codazo a la mujer, desaparecieron por la escalera por la que yo había llegado.

“Manos a la obra” pensé, ¿O lo dije? Bueno, no importa. Saqué unos guantes desechables de una caja y, poniéndomelos, me dirigí a la primera de las camillas. Tomé la sábana y respiré hondo antes de retirarla.

Se presentó ante mí una mujer joven, tal vez apenas unos años mayor que yo, con una marca amoratada alrededor del cuello, solo una palabra pasó por mi mente: “suicidio”. Negué con la cabeza, era algo en lo que personalmente estaba en total desacuerdo, en ese entonces solía verlo como una salida fácil para personas de poco valor, pero después, al crecer, me di cuenta que muchas veces estas personas pueden creer que no hay verdaderamente otra salida. Es desgarradoramente triste. Coloqué la sábana a un lado, le quité la ropa y lavé su cuerpo, la acomodé de nuevo y tomé la sábana. Se describe rápido, pero tarde alrededor de una hora con la mujer. La cubrí y moví la camilla de lámina hasta un rincón, escuchando las rueditas ruidosas al avanzar.

Me dirigí a la otra mientras me quitaba los guantes, arrojé estos a un bote de basura, y tomé toda la ropa para meterla en una bolsa que iría directo al horno. Con este movimiento escuché que algo caía contra el piso, me giré de frente a la otra camilla aún cubierta y luego miré abajo, donde de nuevo mi reproductor musical había caído, aunque esta vez se había despojado de los audífonos, lo que provocó que cayera hasta el fondo. Me agaché y lo tomé, se había encendido y la canción estaba en reproducción, lo conecté de nuevo y al no escuchar nada pensé que se había roto, así que lo metí en mi bolsillo sin darle mucha importancia.

Seguí mi corto trayecto a la nueva camilla y mientras avanzaba unas notas de piano comenzaron a emerger de los auriculares. Llegué y sujeté la sábana de una esquina, cuando tomé aire unas cuerdas de violín se unieron a la melodía, levanté la tela y mi respiración se cortó…

Sí, aquí empieza de verdad este relato.

Bueno, fue él, ese frente a mí: Cabello castaño, piel cálida. Cuando era niña había escuchado que cuando te enamoras sientes mariposas en el estómago, en ese momento las que estaban dentro de mí comenzaron a volar frenéticamente, rozando sus finas alas en las paredes de mi estómago, mi mente dando vueltas, ¿Era en serio? Retiré la sábana por completo y entonces lo vi…

“Yo caminando rumbo a casa y entre el mar de personas está él, con un abrigo negro, un vaso de café en una mano, su teléfono en la otra y una mochila colgando de su hombro. La migración de mariposas emprende el vuelo. Avanzo hacia él con el vaho saliendo de entre nuestros labios, formando espirales en el aire frío. Al pasar delante levanta la cabeza, apartando los ojos de su celular y nuestras miradas se toparon…”

Puse la sábana a un lado y con la mano temblorosa tomé el cierre de su suéter, deslizándolo, hasta desabrocharlo. Mis ojos fueron a su rostro…

“Ambos sonreímos y él me hace la seña para que me acerque, me señalo a mí misma y pienso hacerme la difícil, pero al final avanzo hasta él y cuando estamos uno frente al otro ambos sonreímos”

Doblé el suéter y lo puse en la fría mesa de aluminio y regresé hasta él. Desabotoné el primer botón de su camisa, bueno realmente fue el segundo porque no había un primero, le di otra mirada y continué con los demás. Levanté su delgado cuerpo entre mis brazos y retiré la camisa, luego lo puse en su lugar con cuidado, retiré un mechón castaño de su frente.

“Llevamos días saliendo, es la primera semana de aniversario. Él me entrega un muffin con una vela, sonrío ante su ocurrencia y sopló el fuego de la vela que se apaga rápidamente”

Me puse otros guantes y fui a sus pies para comenzar a desabrochar las cintas de sus tenis viejos y poco gastados, al quitarlos aparecieron sus pies enfundados en calcetas blancas con letras rojas de la marca de estos.

“Desde la ventana de mi cuarto lo veo venir por la acera, lleva un ramo de flores color violeta. Desde dónde está me mira y me guiña un ojo, luego toca la puerta y mi padre es quien abre, apenas intercambian unas palabras y él pone el ramo de flores en manos de mi papá, para luego entrar a la casa…”

Estaba paralizada, pero respiré hondo y deslicé las prendas inferiores con las manos frías, doblándolas luego para ponerlas junto a lo demás.

“Me veo un poco amargada y molesta viendo el atardecer en la banca de un parque. Él se sienta junto a mí y toma mi mano, no escuché su voz, pero sé que me está pidiendo disculpas luego de nuestra tercera pelea en el mes. Es tan cursi que sonreí al escucharlo y mi mano estrecha la suya”

Vi su mano y tímidamente la tomé en la mía. Al sentirla me brotaron las lágrimas y ésta visión… ésta vida, se extendió, fue más allá.

“Él me muestra un anillo y lo pone en mi dedo, yo lo abrazó con fuerza mientras doy el sí… Mis padres no están del todo de acuerdo, pero ambos somos felices con la decisión… Estoy frente a un espejo con un vestido blanco… Él con un traje negro… Nos vamos en un auto ruidoso… Estamos en la playa, nuestra primera noche juntos… Meses después, peleamos… De nuevo estoy frente al espejo, con el abdomen descubierto y mirándome la zona abultada. Él se echa sobre mí, abrazándome… Mis gritos en el parto… Mi cabello chino y sus ojos negros están en nuestro hijo… Crecemos… El niño se hace hombre, se gradúa… Él y yo nunca dejamos de ser felices, de amarnos… El hijo vuelto hombre se va… Envejecemos juntos… Dos lapidas acompañándose, en una mi nombre, en la otra un nombre desconocido… pero la mía desaparece y entonces… entonces solo queda la suya.”

Solté su mano y retrocedí varios pasos, viéndolo, sollozando. Pero volví, volví para tomar su rostro entre mis manos, acercándome lentamente y juntando mis labios con los suyos, fríos pero suaves. Cerré los ojos, bañando sus mejillas con mis lágrimas.

“En nuestra noche él me besa, en nuestra boda nos besamos, frente al espejo y cuando el niño nace, y… antes de morir…”

Nada. No pasó y no pasará, porque antes que nada su vida ya ha terminado y yo no lo conocí vivo sino… así como hoy es.

Tomé la sábana y cubrí su cuerpo.

Seguí llorando, me senté en el piso, al pie de la plancha fría de aluminio, la canción se tornó terriblemente triste. Al escuchar pasos no me molesté en levantarme, mi compañera de trabajo apareció bajando la escalera y al verme caminó hasta mí con cara de preocupación. Se sentó a mi lado y me rodeó en un abrazo, no dijo nada y yo tampoco, duramos en silencio un buen tiempo, hasta que pude calmarme y recuperar un poco de control. Ella me ayudó a ponerme de pie.

–Ve a casa, pequeña. Esto no es para todo el mundo –me invitó amablemente.

Yo miré la camilla, quedándome así hasta que ella entró en mi campo de visión, tomó la camilla y comenzó a empujarla hacia la esquina. Avancé hasta la pared y me quité el impermeable y el mandil, colgué ambos y tomé mi chamarra. Volví a verla de nuevo, la mujer caminaba hacia mí.

–Una vez muerto, no puedes volver, ¿A qué sí? –dijo.

Sus palabras fueron como un golpe en el estómago. La miré con una mueca entre el asco y de asombro. –¿Cómo dices eso?

La mujer me miró confundida con sus pequeños ojos.

–P-pero, fuiste tú quien lo dijo –respondió.

Tomé una gran bocanada de aire y me di la vuelta para subir la escalera, sintiendo como los colores se hacían grises, como las mariposas se petrificaban y caían al suelo, destrozándose en el acto; sintiendo como el rojo de mis mejillas se iba, dando paso al pálido de la tristeza y de la soledad.

Salí al exterior, él no estaba ahí, nada de flores, ni muffins de aniversario, ni anillos, ni boda, ni hijos y menos sepulturas juntas. Me encogí por el frío y me fui caminando por la calle repleta de personas, sintiéndome sola y no amada.

Volteé atrás y me quedé ahí un buen rato, viendo el edificio de un solo piso donde trabajo…

Ni siquiera puedo recordar cómo volví a casa, solo sé que nadie, por el simple hecho de existir, me ha hecho amarlo tanto. No volví a trabajar ahí, no supe absolutamente nada de él, lo preferí así. Tal vez egoístamente preferí quedarme con este Él que yo pude ver, con quien fui tan feliz una larga vida, aunque estemos hablando de una hora, lo que tardé haciendo mi trabajo, o diez minutos que es lo que seguro tardarás en leer esto, quien sabe…

Drayde PriTor

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