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Recuerdos de dormitorio

Esta es una historia sobre el paso del tiempo. Es un resumen, de modo burdo y fugaz, de toda una vida, pero también es un homenaje

CUENTOS CORTOS

Nestor Nis

4 min read

Compraron la cama cuando tenían 20.

Fue una elección de ambos al poco de tomarla decisión de irse a vivir juntos. La eligieron por el tamaño y la buena madera.

Ahí durmieron 50 años uno al lado del otro: él a la izquierda y ella a la derecha.

Esa cama y esas paredes los vieron reír, los vieron llorar, discutir, enfermarse, amarse, dormir pegados y dormir cada cual en su rincón.

Los pudo ver mirar películas hasta tarde en la noche y que él mirara fútbol mientras ella leía a su lado solamente por el gusto de hacerle compañía.

Y también vio como ella quedaba más gorda.

Cada vez más su panza fue creciendo hasta que colocaron otra cama, ahora una cuna al lado y durmieron poco durante la noche por un tiempo.

Los vio levantarse de madrugada a calentar leche y ponerla en un biberón.

Luego vio cómo se llevaron la cuna, pero vio llegar gente nueva, unos seres más pequeños, que miraban televisión acostados, y, que cuando nadie los veía, saltaban en la cama riéndose

y gritando.

Vio como trajeron juguetes y se sentaron en el suelo con esos otros seres mientras

hablaban raro con ellos. Como si tuvieran un idioma propio decían palabras que no

existían y hacían gestos más extraños todavía.

Los más pequeños encontraban eso muy gracioso y se reían mucho.

Y esos pequeños, un día, comenzaron a volverse grandes, tanto que casi superaban en altura a los dueños de la cama.

Un día se vio a los pequeños cada vez menos.

Los vio llegar e irse.

Empezó a ver como sus dueños empezaban con canas y como empezaba a arrugárseles la piel.

Los vio comenzar con dolores y preocupados, tomando pastillas antes de dormir y al despertar, pero siempre los vio acompañándose.

De pronto, lo vio a él usando un bastón para apoyarse al levantarse y como comenzaba a

quejarse al acostarse.

Y esa rutina de dolores y quejas lo acompañó un tiempo hasta que un día ya no se

levantó más.

Lo vio quedándose acostado todos los días y a ella con él, acompañándolo siempre.

Y los escuchó conversar a los dos, como siempre, y a él llorar porque se sentía inútil y

una carga. Repetía que era una carga para todos y que no tenían que estar ahí con él.

Pero la vio reconfortarlo diciéndole que ahí estaba ella, que ahí iba a seguir y que no era

ninguna carga. Hablaba de que no lo iba a dejar solo y eso lo hizo llorar aún más.

Poco a poco, vio como su dueño se fue apagando.

Un buen día vio a esos pequeños volver, con barba y más gordos, algunos con personitas

más pequeñas aún que nunca había visto, para hablar con él y cuidarlo.

Como lo conocía muy bien entendió cómo se sentía amado y supo que en esos momentos lanzó sus carcajadas más sinceras desde que se habían conocido.

Pero también, un día, lo vio dormir y no despertarse.

Eso sí, siempre del lado izquierdo de la cama.

En los días siguientes la vio a ella llorar, mil noches y no sé cuántas mañanas y tardes, y

la vio querer acurrucarse a la izquierda para sentir calor, pero llorar el doble cuando se

daba cuenta que ese calor que siempre la acompañó, esta vez no iba a llegar.

La vio sacando las almohadas y frazadas en un arrebato de ira y querer tirarlo todo mientras insultaba.

Pero también la vio mejorar.

La volvió a ver reír mirando la televisión y leyendo sus libros. Aunque jamás la vio acostarse del lado izquierdo, ese siempre estuvo reservado.

Entonces empezó a verla perdida, colocando cosas en lugares raros y olvidándose donde

estaban.

Y una vez más, vio volver a los pequeños, aún más viejos y gordos que la primera vez.

La vio a ella preocupada por su cabeza y su memoria, preguntándole a los pequeños qué

pasaba si llegaba a olvidarse de quién era. Y ellos respondieron que si ella se llegaba a

olvidar de quién era, serían ELLOS quienes se sentarían allí y le harían volver a saberlo.

Notó como ellos le contaron las mismas historias que ella les contaba de niños y repitieron

anécdotas que ella misma vio pasar o que ya había escuchado hasta que, mágicamente,

recordó todo.

Ella se emocionaba y lloraba, y cuando recordaba o terminaba una historia se

emocionaban todos juntos.

Y llegó el día en que la vio perderse definitivamente. La vio emprender un camino que no tenía retorno, pero siempre del lado derecho de la cama.

La vio acostarse y vivir lo mismo que él.

Acostarse y no levantarse más.

Uno de esos pequeños volvió y no quiso, o no pudo, irse.

Ella comenzaba a decaer y sentía que debía estar allí, acompañándola en ese camino tan doloroso.

Vio su cuerpo apagándose, como el de él, y su mente perder el brillo que los libros le habían traído

Y, eventualmente, la vio dormir para siempre, una vez más, como a él.

Y esos pequeños se abrazaron y lloraron todos juntos a los pies de la gran cama que

compraron cuando apenas eran jóvenes.

La cama fue testigo de todo, lo vio todo.

Y ahora me ve a mí.

Acostado y mirando hacia ambos lados sintiendo únicamente soledad y frío.

Me ve pensando en todo lo que vio, y lo más importante, me ve hablando solo.

Me ve hablándole de amor a una cama vacía.

Nestor Nis

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